NOTICIA

De humanos a monstruos: el papel de la represión emocional

Dibujo

Teóricamente, todos sabemos lo que está bien y lo que no. Pero este conocimiento es poco útil si no está vinculado a nuestras emociones. El objetivo de este post es explicar cómo una persona puede perpetuar actos violentos influida por su manera aprendida de gestión emocional.

De humanos a monstruos: el papel de la represión emocional

La responsabilidad, sea cual sea la causa indirecta de la crueldad, será del individuo que la perpetúa. Porque cada persona adulta que vive en una sociedad civilizada sabe diferenciar, aunque sea de manera teórica, lo que está bien y lo que no. Y finalmente elige conscientemente si abandonarse a sus deseos e impulsos o frenar. Puede ser que después se arrepienta y este arrepentimiento sea real, pero de poco sirve a las personas que fueron arrasadas por el descontrol frenético de una desbocada vorágine emocional de ira, asco, miedo, odio y frustración, traumas, recuerdos y estrés.

Lo cierto es que nosotros como sociedad o como padres podemos crear personas violentas. Muchos factores contribuyen a ello: desde predisposición biológica hasta modelo de educación, supersticiones, ambiente, familia cercana, indiferencia por parte de los demás, falta de refuerzo y de aprobación. Podemos continuar esta lista hasta el infinito.  Muchas de las personas que viven en ambientes de desaprobación, falta de cuidado y rechazo expreso no aceptarán ni mostrarán violencia, manteniéndola reprimida; otros entenderán que algo falló, buscarán ayuda y hasta se curarán; algunos caerán en depresión y otros problemas psicológicos graves; otros harán acciones cruentas de pequeño calibre, ocultos, ya que saben que no son aceptadas en la sociedad; y otros se convertirán en unos auténticos monstruos en la piel humana. 

Es difícil predecir qué le pasará a quien, pero el camino que sigue la mayoría de las personas desde ser un niño tierno a tomar el ramal de un asesino, torturador, violador o cualquier otra expresión “anormal” de la psique humana es similar en muchos casos. 

¿Cómo una persona puede convertirse en un maltratador, disfrutar del sadismo, llegar a violar a otra persona o, incluso, matarla?

Vamos a imaginar un túnel. El túnel es oscuro y tiene una entrada. A la entrada se encuentra un bebé. El túnel tiene muchos caminos y cada camino lleva a una salida. En cada salida hay un adulto. Aparentemente no parecen diferentes entre sí, pero tú estás a la altura del bebé y tu vista no alcanza a ver si se diferencian entre ellos. Entonces, el bebé emprende un camino. Puede elegir entre un número infinito de ellos, pero cada uno es distinto. No sabe hacia qué salida llegará, pero al que elija ahora será él de futuro. 

Esta introducción es simplemente una forma de expresar que hay miles de vías para que una persona se convierta en una o en otra, muchas formas de modelar su personalidad y es algo que se hace día tras día. El camino para un niño no solo es difícil, sino que a lo largo de mucho tiempo es oscuro, ya que su conocimiento es muy limitado y tiene que aceptar lo que se le impone por parte de los demás. Por ello, y sin ánimo de justificar a ningún “monstruo humano”, tenemos que darle mucha importancia a la infancia como una parte fundamental de la formación de la personalidad de una persona.  

No hace falta mucho para crear a una persona con tendencias violentas. Destacaremos uno de sus principales componentes: el emocional o, más bien, una represión fuerte y continuada de las emociones. Al principio requiere de un agente externo, ese maravilloso padre que dice “eres un hombre, ¡no llores!”, esos profesores que dicen que tienes que enfrentarte a los que abusan de ti, porque tienes que ser fuerte. A lo mejor una madre que considera indiferente tu tristeza o tu ansiedad y no quiere comprender ni empatizar con tu estado emocional o está demasiado ocupada con el suyo. Luego el agente externo puede dejar de actuar, pero dejará en ti esta herencia y tú mismo controlarás cada expresión emocional que sale (o mejor dicho no sale) de ti.

Así, conforme recibes estos mensajes, tan contradictorios a tu estado emocional, empiezas a entender que lo que sientes no es normal, que tus sentimientos son de alguien débil y que parece que eres el único de tu alrededor sintiéndote así. Te has quedado atrás, siendo un niño a tus ya ¡8 años!, cuando deberías comportarte como un adulto, como alguien que sabe que quiere y que, por supuesto, sabe cómo defenderse. Sin embargo, para muchos otros aspectos, sigues siendo un niño, cosa que te confunde y no sabes cómo actuar en cada ocasión. 

Pero tus emociones están allí. Están presentes, pero son tan vergonzosas... ¿Por qué precisamente tú tenías que salir defectuoso? Un hombre con emociones de ¿mujer? Eso es lo que te ha dicho tu padre la última vez. Que llorabas como una niña. Que ni tu propia hermana se comportaba así. Es que ser un hombre emocional es lo mismo que de repente cambiar de sexo. Y ser niña es de vergüenza… 

Entonces, expresar algunas de las emociones es malo. Porque el mensaje que recibes es sobre la expresión de emociones, nadie piensa qué sientes por dentro. Y ni tu mismo sabes definirlo. Simplemente hay cosas que te hacen llorar: que abusen de ti, que te quiten tus cosas, que te hagas daño o que alguien te haga daño, que se muera alguien cerca… Entre lo que sucede y tu “desmedida reacción” está “la nada”.

Pero hay otras emociones que no está mal expresar. Porque la ira y la rabia son perfectamente comprensibles. Para las niñas quizás no se ve igual de bien, aunque también se alienta en ocasiones y en otras se reprime grave mente, haciendo que no sepas cómo actuar y desarrollando una sensación de incoherencia. Pero para un chico crecer como un "hombre", con su valor (que no valores), que no lloriquea ante problemas, que las resuelve a golpe de su puño es lo correcto. Por fin el respeto de tus padres parece estar ganado. Te ha costado entenderlo, pero es mucho mejor golpear que llorar, gritar e insultar en vez de llegar a un compromiso. Eres un hombre y todo ello demuestra que lo seas y que no te dejas doblegar.

Si esa demostración de violencia llega a unos límites algo exagerados quizás te digan algo, porque al final tienes que ser contenido en tu expresión emocional. Incluso cuando sientas alegría es mejor que estés neutro. Porque no hay que enseñar a tus “enemigos” tus vulnerabilidades (si muestras lo que te alegra, quitártelo te hará débil)  y es mejor mostrarles tu disposición de luchar con uñas y dientes, y que así te tengan miedo. 

Año tras año te aplicas a cumplir con la imagen que te han creado, que tú aceptaste y forzaste en tu desconocimiento: la tristeza es mala, hay que evitarla y tratar de quitarla del medio. La rabia, se puede expresar de manera comedida, tampoco es plan de ser un señor airado, la gente se aleja de ti, tú mismo lo has comprobado. La alegría, con contención. La sorpresa y el miedo, controladas. Nunca muestres que te han pillado desprevenido, controla tus reacciones. Porque si no, eres una persona vulnerable. 

El problema es que las emociones no desaparecen, siguen allí. Se convierten en otras, pero buscan su forma de salir. Te das cuenta que ciertos eventos, con los que antes llorarías, ahora te dan asco y rabia. Te da asco y te sientes incómodo cuando ves llorar a tu madre. Y cuando eres tú el que quiere llorar, expresas rabia desmesurada contra algún objeto en tu casa. Y si rara vez lloras, lo haces escondido de todos los demás y te odias por ello. 

El miedo es también sustituido por la ira. Cada vez que te atraviesa un sobresalto, lo primero que haces es sacar el puño. Mejor atacar antes que ser atacado, piensas, pero en realidad solo sientes miedo. Eres un perro reactivo. Ante el miedo ladras como loco y tiras a morder. Y tu deseo de salir corriendo o gritar de un susto enseguida se sustituye por querer matar al que te lo ha provocado. 

Llega un momento que todo parece producirte rabia. La ira y el asco, han eclipsado el resto de emociones y la violencia sale por tus poros. Las emociones de los demás dan grima y cuando se ven dan ganas si no de matarlos, al menos hacerlos desaparecer, o que a ti te trague la tierra. 

Pero encuentras una salida en tu adolescencia: cuando bebes todo eso parece no importarte y el control y la contención pierden sus fuerzas. Por fin te sientes un poquito libre y algunas de las cadenas que te encadenan se aflojan. ¡Qué paz y liberación! Al pasarte toda la vida controlándote sin parar y, si cabe, controlando a los demás, estás siempre en tensión y no te das un solo respiro. Beber es tu salida, por fin puedes comportarte como si nadie te mirara, ¡ni siquiera tú mismo! 

Esa costumbre se arraiga conforme la vida se hace más difícil. Ya en edad adulta tienes que ganar tú el dinero para ofrecerte la diversión y el desahogo. Tienes pareja, tienes que dar más explicaciones, muchas más de las que dabas últimamente a tus padres. Cuando te vas, le dices que necesitas desahogarte, que eres un hombre y que eso funciona así. En realidad, lo que no ves, es que llevas una semana teniendo bajo control absolutamente todo tu cuerpo y tu mente y, por fin, llegado el sábado, puedes dar vía libre a un poco de “descontrol” emocional. 

Pero la bebida es un falso recurso, generas tolerancia y no produce el mismo placer. Así de allí puedes avanzar a más y buscar este alivio todos los días y en mayor dosis, buscar drogas más fuertes o tratar de buscar más medios para encontrar la salida emocional que anhelas y una de ellas es la violencia. Pero tu violencia tiene un componente distinto: es perversa, sádica. No solo quieres golpear, quieres humillar y sientes un extraño y altamente reforzante placer sexual, que te empuja a seguir. Las fuerzas del bien y del mal empiezan a chocar y discutir en tu cabeza, por lo que reprimes a este monstruo todo lo que puedes, ya que sabes que cuando lo sueltes será devastador para algunas de las personas de tu alrededor. 

 

Y creo que este es un punto de inflexión. Allí puedes dejar ganar a las “fuerzas del mal”, perpetuar la violencia, la humillación y cualquier otro tipo de maltrato hacia ciertos seres; puedes pensar que algo en ti va muy mal, tener miedo de ti mismo y evitar las situaciones que pueden desatar a la bestia; o puedes buscar ayuda. Pero para buscar ayuda tienes que darte cuenta de que la necesitas. Cuestionar tu estado, cuestionar que no estás bien. Para hacer preguntas, necesitas salir del bucle que te coloca por encima de los demás, aprender que cometes errores y reconocerlos. Buscar la responsabilidad en ti mismo. Es un camino extremadamente complejo. Básicamente hará tambalearse todas tus esquemas mentales que con tanta fuerza te inculcaron desde pequeño. Es decir, todo lo que antes te han hecho aprender a fuerza de miedo, golpes y enfados, ¡ahora no es válido! Este es el peor golpe que vas a recibir en tu vida. Porque naciste siendo normal, costó mucho reconvertirte en alguien enfermo y roto y ahora tienes que volver a ser normal. Es trabajo de Sísifo… 

 

Autor:

Comparte este artículo